viernes, 16 de octubre de 2015

Una mirada al interior

No he empezado con buen pie. He llegado tarde debido al tráfico de Madrid; atravesar la ciudad en metro y en autobús es una angustiosa aventura, ya le "pillaremos el truco" a esto del transporte público en la cosmopolita ciudad.
Hubo un correo que nunca recibí que pedía que llevásemos esterilla, ropa cómoda y algo para vendarte los ojos. ¡Menudo comienzo!
Después de una breve y agradable introducción la profesora y soñadora del curso nos pidió descalzarnos. Sí, como Moisés ante la zarza; donde Dios habita es terreno sagrado y en el curso vamos a entrar en su casa, hasta el salón: el corazón humano. 
Y ahí estamos todos, los veintiocho, sentados en el suelo en calcetines. ¡Y el mío con un pequeño "tomate" en el dedo gordo! ¡Prometo que esta mañana no estaba! Con mal pie, como dije al principio.
Fue entonces cuando Elena Andrés, la profesora, se agachó delante de cada uno de nosotros para saludarnos, uno a uno, con una mirada. La dinámica no permitía hablar, sólo mirarse a los ojos. "Somos iguales", explicó posteriormente. No hay nadie por encima de otro. Todos venimos a aprender, incluso ella. A compartir. Por eso lo de "bajar" frente al otro.
Cuando se inclinó frente a mí y nos miramos, mis ojos intentaron decirle: "Hola, pareces una gran persona y una gran profesional. Éste soy yo. No sé si solo me saludas o si intentas sondearme. En los tuyos veo pureza y valor. Aquí estoy". 
Reconozco que se me hizo un poco largo el saludo.